| La bici revoluciona la ciudad de la luz |
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Esto no es Amsterdam, pero cada día el paisaje urbano de París se acerca más al de la ciudad holandesa. La culpa la tienen las bicicletas. Un ejército de ciclistas ha invadido las calles de la capital francesa trasformando la ciudad en un lugar más humano, más desenfadado y un poco menos contaminado. El origen de esta pacífica revolución se llama velib, la versión parisina del bicing, que este verano cumple dos años. Las cifras corroboran un éxito que salta a la vista. En 24 meses se han realizado 53 millones de trayectos y expedido siete millones de abonos. El sistema municipal de alquiler de bicicletas ha extendido sus tentáculos por la ciudad con una red de 1.200 estaciones y una flota de 15.000 vehículos, que deberán alcanzar los 20.600 a finales de año. El servicio ya ha sido adoptado por 30 municipios limítrofes con idéntico entusiasmo de los usuarios. La súbita pasión de los parisinos por los pedales responde a diferentes razones. El tráfico infernal y la saturación del transporte público fa- vorecen el uso de un medio de trans- porte alternativo. La crisis también contribuye. Mientras un abono de metro para París y la primera corona cuesta 73 euros mensuales, una suscripción anual de velib supone un desembolso de 29 euros, una de siete días, cinco euros y por un día se paga un euro. Los primeros 30 minutos son gratis y la tarifa aumenta proporcionalmente a medida que pasa el tiempo. Por ejemplo, 50 minutos cuestan un euro, pero una hora y cuarto ya vale tres. No solo estudiantes y ecologistas empuñan el manillar. Cada vez con más frecuencia se ven hombres de traje y corbata y mujeres con falda y tacón de aguja dándole al pedal. Las intermitentes huelgas de transporte han jugado un papel determinante a la hora de incorporar a los ejecutivos al saludable hábito. «Es genial, permite desplazarse a una velocidad increíble», se entusiasma Pierre, usuario asiduo. «Ya no piso el metro, ni siquiera cuando llueve», asegura. Pero no todo son alegrías. El velib arroja también una estadística sombría: 8.000 bicicletas robadas, 16.000 dañadas y la friolera de 1.500 reparaciones diarias. Entre las desaparecidas, algunas acaban en el fondo del Sena, otras han sido halladas en países exóticos a los que nadie sabe cómo llegaron. «A menudo tienen el sillín mal fijado, o una rueda pinchada, es una lástima», se lamenta Dominique, una elegante treintañera que, pese a los inconvenientes, se considera una adicta al servicio. «Se aprovecha el tiempo al máximo, haces ejercicio y los días soleados de paso te bronceas», subraya. La incorporación de las pesadas y robustas bicicletas grises a la circulación viaria de la capital ha generado un efecto de contagio. Los vendedores de estos vehículos de dos ruedas no conocen la crisis. «Si fueran una persona serían Nicolas Sarkozy, porque aparecen en cualquier lugar y en cualquier momento», bromea una joven aludiendo al hiperactivo presidente, antes de su desmayo. Un comentario que seguramente no sería del agrado del alcalde y artífice de la holandización de París, el socialista Bertrand Delanöe, secreto aspirante al Elíseo. Visualitzacions: 603
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París | El Periódico | Elianne Ros | 29/07/2009
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