Opinió |
Entre TodosJoan Barril. El Períodico. 25/05/2004Hay una frontera en las horas cercanas al alba. A un lado está quien acaba de romper con las sábanas y espera mucho de las próximas horas. Al otro lado de esa frontera se encuentran aquellos que se han bebido la noche y ya sólo esperan el abrazo de una almohada. Por sus palabras se les reconoce. Cuando se encuentran, como dos trasatlánticos que se cruzan en la oscuridad, el primero dice: "¡Buenos días!" y el segundo contesta con un perplejo "¡Buenas noches!". Y con suerte cada cual continúa su camino. Por desgracia no siempre es así. El domingo día 16 de este mes, Francisco Javier Piñero era de los que debieron de decir "¡Buenos días!" y se equivocó. Marchaba con su bici y junto a otro amigo ciclista por la carretera en dirección a Santa Coloma de Queralt, cuando una mancha rugiente y blanca se lo llevó por delante y le hizo volar hasta 40 metros. El coche ni siquiera se detuvo, al contrario: aceleró. Y ahí quedó el cuerpo destrozado de Piñero y el espanto de su compañero. Eran poco más de las ocho de la mañana y no era una película de Bardem. El silencio de la carretera después del desastre sólo debía estar roto por el ruido de una rueda girando sobre el piñón para ya no ir jamás a ninguna parte. Los ciclistas dominicales saben que las carreteras comarcales son aparentemente más seguras porque el tráfico es menos intenso y los camiones van por rutas más anchas. Pero también es verdad que esas carreteras son verdaderas pistas de retorno de los bebedores de la noche. El culpable había huído y no había persecución posible. Llegaron los Mossos y empezó el trabajo. Una carretera puede ser un medio de comunicación no sólo físico si la gente tiene cosas a comunicar. Y algo sucede en este país que nos tranquiliza. De pronto empezaron a aparecer testimonios de otros automovilistas que se habían encontrado con la muerte de cara, que habían sido adelantados por el coche blanco. Se estableció marca y tipo, se dio el alto a un coche de esas características y su conductor advirtió que no era él el único de la comarca que conducía un coche como el suyo. En tres horas la policía llamó a puertas, preguntó, dudó y, finalmente, el padre del conductor acabó abriendo el garaje familiar y ahí estaba el vehículo con todas las huellas del desastre. El muchacho estaba durmiendo desde hacía tres horas y todavía dio positivo en el control de alcoholemia. Mientras eso sucedía, otros ciudadanos fueron reconstruyendo los pasos de aquella fatal madrugada aportando datos, itinerarios y hechos. El ciclista Piñero murió por el impacto, pero en esas primeras horas fueron muchos los que intentaron rescatarle de la muerte solitaria de las cunetas. A eso se le llama también colaboración --que no delación-- ciudadana. Es una visión cívica de lo que debe ser la autodefensa de la sociedad. Es, al fin y al cabo, el reconocimiento de que la policía ya no es un conjunto de personas que van a su aire, sino que cumplen con el deseo de seguridad de todos. Cuando ante la injusticia gritamos que no hay derecho, deberíamos preguntarnos qué hemos hecho para ayudar al derecho. |