Opinió

Salir de casa

Jordi Borja (Barcelona)
El Periódico- 30/11/2003

  • La aventura iniciática del descubrimiento y apropiación de la ciudad requiere riesgo, transgresión y misterio
  • Atravesar la calle para salir de casa”, escribió Pavese. Recuerdo como el momento más feliz de mi infancia la llegada a casa al salir de la escuela, tirar la cartera y bajar corriendo la escalera, a la calle. La calle como el lugar y el tiempo de la libertad, de la libre elección, de las posibilidades infinitas, de la aventura, de la afirmación de la individualidad. Hoy asistimos a la paradoja de la exaltación de la autonomía personal, del reconocimiento del derecho de los niños, de la cultura del espacio público pero nunca el “salir a la calle” se había puesto tan difícil al niño urbanita, hoy niño cautivo.

    “Pedimos el derecho a salir de casa” fue la petición de un niño romano, Federico, a su alcalde, según cuenta Tonucci (autor de “Cuando los niños dicen ¡basta!”). En nuestras ciudades la calle desaparece en los nuevos desarrollos urbanos periféricos o está ocupada por la circulación y por los miedos. Para los niños se crean reservas, espacios especializados en parques y plazas, como si fueran indios o animales del zoo. Allí se les instala bajo la mirada protectora de los adultos. El niño sólo juega libremente cuando el adulto está lejos. La aventura iniciática del descubrimiento y apropiación de la ciudad requiere una dosis de riesgo, de transgresión y de misterio. El niño necesita estar solo, es decir, sin padres o maestros, para estar con sus iguales y con sí mismo, para hacerse ciudadano.

    No se trata de enviarlo a la jungla urbana sin recursos para defenderse ni redes de mínima seguridad. Regreso de Buenos Aires, allí se han creado “corredores escolares”, ejes urbanos en los cuales los comerciantes y vecinos asumen un rol protector de los niños cuando es indispensable. Y en Rosario “dos padres tomando té” en cada cuadra crean un entorno seguro.

    Pero sobre todo los niños deben ser titulares de derechos, el derecho también frente a los adultos. A los niños se les habla de deberes, a los adultos de derechos. Hay que crear situaciones que inviertan los roles, por ejemplo atribuir a los niños capacidad sancionadora de malos comportamientos de los adultos en materia de circulación o de mobiliario urbano. Es una forma de tomar conciencia de sus derechos y de su fuerza. La mejor protección es perder el miedo y aprender a defenderse, armados de razón.

    Los adultos piensan demasiado en cómo protegerse en la ciudad, los niños probablemente están más abiertos a cambiar la ciudad.

    JORDI BORJA, sociólogo y urbanista