Opinió

Diablos sobre dos ruedas.

TONI SOLER, La Vanguardia - 04/10/2003

NO SE TRATA DE crear una brigada antibici, pero sí de poner a salvo al colectivo peatonal

Lo lamento de veras, porque a mí no me gusta nadar contracorriente ni mucho menos hacerme el original, pero del mismo modo que no entiendo por qué Alella es, de pronto, una ciudad tan importante, tampoco comparto el consenso aparente en torno al uso de la bicicleta en la gran ciudad. Es más, diría que buena parte de mis vecinos, o de mis conocidos y saludados, ven en la bici a una intrusa que campa impunemente por las aceras; un vehículo disfrazado de peatón que aparece sigilosamente, pero a toda leche, circulando como y por donde quiere con total impunidad, haciendo suyo un privilegio que, hasta hace poco, estaba reservado a los ciudadanos de a pie.

En mi barrio, que es barrio de callejas y callejones, la bici es un vehículo de uso bastante extendido. Es más, goza de cierta consideración porque es, no sé, una opción urbana que enrolla y da lustre. Sugiere un estilo de vida liberal y sin ataduras, respetuoso con la naturaleza, etcétera. Pero, para los simples peatones, la bici es también un motivo de inquietud constante. Hasta hace poco, al menos sabíamos que la acera era nuestro territorio exclusivo; ahora hay que mirar a izquierda y derecha, no ya al pisar la calzada, sino al asomar la nariz fuera del portal de casa. Porque muchos ciclistas pasan de la calzada a la acera con total tranquilidad; casi nunca respetan los semáforos, ni las señales, ni las preferencias, ni siquiera el sentido del tráfico. Se mueven, exactamente, como peatones con ruedas.

Y encima, como buenos peatones, muchos de ellos circulan sin matrícula ni seguro obligatorio, lo que impide pedirles responsabilidades en caso de accidente. Sí, he dicho “accidente” porque, a ciertas velocidades, la embestida de una bici puede romper más de un hueso. Ya sé que no queda muy Fòrum, pero estaría bien que a estos vivales la Guardia Urbana les echara el ojo. No se trata de crear una brigada antibici (con be), pero sí elevar el nivel de exigencia, equiparar tratamientos y poner a salvo al colectivo peatonal, que es de lo que se trata.

Es cierto que muchos motoristas, y también algunos ases del volante, actúan de forma similar. Pero a éstos, la sociedad y la prensa ya suele ponerlos de vuelta y media, como modelo de incivismo y temeridad. En cambio, a los ciclistas que desafían las normas de tráfico se les trata con cierta indulgencia. Quizá porque, cuando se habla de bicis, a la gente le viene a la cabeza la imagen de la televisiva Jessica Fletcher o cualquier otra ancianita adorable pedaleando a medio kilómetro por hora por un villorrio campestre sin apenas circulación. Pero Barcelona no es un villorrio, y muchos de nuestros ciclistas, por desgracia, son de otra pasta.

Lo lamento por los demás, los que circulan por su carril tranquilamente, sin esquivar viandantes como si fueran conos. Me disculpo ante ellos por anticipado. Y lo siento también por Barcelona, porque la opción de los pedales, bien planteada –es decir, contra el coche y no contra el peatón–, podría resultar una alternativa real a la dictadura del motor, con su estrépito y su humareda.