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El ciclista urbano está comenzando a tener de nuevo existencia y presencia social, convirtiéndose en un avatar, cada vez más frecuente, del movimiento en la ciudad. Poco a poco, la bicicleta va recobrando carta de ciudadanía , y hasta puede que llegue el día en que se convierta en un vehículo tan digno como cualquier otro para desplazarse por la ciudad.
El ciclista se ha movido, hasta ahora, en unas ciudades a las que el coche y en general los vehículos motorizados han dado forma, por así decir, en ‘terreno del contrario’, personaje extraño, intruso tanto en la calzada como en la acera, donde se le ha identificado con un personaje algo exótico, estrafalario o marginal.
Sin embargo, en los últimos años, las bicicletas se hacen cada vez más presentes, más visibles en el espacio urbano, lo que debe de comportar necesariamente cambios entre todos los que están implicados en la movilidad en las ciudades, respondiendo de esta manera a los nuevos escenarios de renormalización de la bicicleta, esto es, de reinscripción de la bicicleta como modelo de modernización de la movilidad en las ciudades más avanzadas. La bicicleta vuelve a ser la punta de lanza de la modernidad, en esta ocasión no ya de la sociedad de la energía y la industria pesada, sino de la liviana y ecológica sociedad de la información y el conocimiento.
Como todo cambio, tiene que enfrentarse al riesgo de la inercia y los hábitos muy fuertemente establecidos que previsiblemente se resisten a ser superados. Hábitos y modos de pensamiento y comportamiento que afectan a todos, ya sean en el interior de las administraciones, los usuarios de vehículos a motor, los peatones, los usuarios del transporte público, e incluso a los mismos usuarios y movimientos de promoción del uso de la bicicleta.
Un nuevo medio está renaciendo, un nuevo medio respetuoso con el medio ambiente imprescindible en las políticas activas de movilidad sostenible, que van dejando de ser políticas para garantizar y gestionar la circulación vial para ser políticas activas de movilidad sostenible, segura y responsable.
Ahora bien, las administraciones tienen fuertes resistencias para incorporar, más allá de gestos y planteamientos simbólicos, la integración real (como norma general en todas sus iniciativas) de la bicicleta, desistiéndose a llevar al corazón de la planificación y la gestión real de la movilidad esa nueva existencia real de la bicicleta. En este sentido me parece importante la exigencia de planes directores de la bicicleta realistas con prioridades y plazos concretos de realización, en los que se prevea incidir en los diferentes aspectos que afectan a la integración de la bicicleta en la movilidad urbana, desde la adecuación de infraestructuras, medidas de pacificación del tráfico, servicios a los usuarios de la bicicleta como aparcamientos seguros y bien distribuidos, intermodalidad con los transportes públicos urbanos e interurbanos etc., así como iniciativas de actualización de la información de los cambios que se vayan produciendo en cada uno de aquellos aspectos, y promoción de iniciativas sectoriales (escuelas, comercio, empresas, zonas industriales, acceso a recintos feriales, etc.) que faciliten el incremento de esa modalidad de transporte sostenible. Para ello, la coordinación entre departamentos es esencial, así como la creación de canales y dinámicas reales de participación y comunicación con los usuarios de la bicicleta y los ciudadanos en general.
Los usuarios de la bicicleta también deberíamos de abrirnos al cambio al que nos obliga nuestra prometida existencia real en la ciudad. Los usuarios partimos de una situación que se podría equiparar a lo que en psicología social se ha denominado de ‘anomia’, esto es, ausencia de normas y regulación de aquellos colectivos sociales marginales que padecen una deficitaria integración y normalización en el conjunto social, y que por su exclusión no comparten las mismas normas que la mayoría (la marginación tiene muchas desventajas pero también tiene algunas prerrogativas). Los usuarios debemos de asumir nuevas responsabilidades en este nuevo contexto y debemos de hacer un esfuerzo para disfrutar de las ventajas de la normalidad junto con sus obligaciones.
Pero ¿quien es ese usuario ‘real’ cada vez más numeroso que utiliza la bicicleta para moverse por la ciudad, cada vez de manera más habitual y normalizada?. En realidad, las características y los tipos de desplazamientos que esos usuarios de la bicicleta hacen por la ciudad todavía están por estudiar, pero podemos conjeturar que sus usos y motivos son progresivamente más variados, como corresponde a un colectivo cada vez más extenso.
En este sentido, una de las tareas actuales más importantes de las entidades de promoción y defensa de los usuarios de la bicicleta es la de estrechar la relación y la comunicación con todos los usuarios ‘reales’, con caras y ojos, no solamente los comprometidos con un modo de ver el mundo o comprometidos en la promoción de la bicicleta, sino con todos aquellos que utilizan la bicicleta para moverse por la ciudad, ensanchando los canales y modalidades de comunicación con los usuarios reales, para conocer concretamente lo que les interesa y preocupa, y crear sinergias entre todos los actores del mundo de la bicicleta.
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